OPINIÓN

Dos Carlos, una visión

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Patricia Arache

@patriciarache

A veces los grandes desafíos de una nación se revelan en los escenarios más cotidianos. No hacen falta complejos diagnósticos ni extensos estudios para identificar aquello que nos frena como sociedad. Basta escuchar con atención. Eso me ocurrió recientemente, en una mañana que terminó uniendo las reflexiones de dos Carlos muy distintos, pero coincidentes en una preocupación esencial: la educación.

El primero fue Carlos, un taxista que me trasladó desde el ensanche Miraflores hacia la Catedral Primada de América, donde se celebraría la misa conmemorativa del 46 aniversario del Instituto Nacional de Formación Técnico Profesional (INFOTEP), institución en la que tengo el honor de servir al país desde hace casi una década.

La misa estuvo encabezada por la directora general del INFOTEP, Maira Morla Pineda, acompañada de miembros de la Junta de Directores de la entidad, que preside el ministro de Trabajo, Eddy Olivares Ortega, así como de invitados especiales incluyendo a los extitulares de ese organismo tripartito, Josefina Pimentel y Rafael Santos Badía, actual ministro de Educación Superior, Ciencia y Tecnología (MESCyT).

Locuaz, amable y orgulloso de su trabajo, Carlos, el taxista, compartía anécdotas sobre turistas de diferentes rincones del mundo que visitan la Zona Colonial. Sin embargo, entre historia e historia, emergió una inquietud que parecía pesarle más que cualquier otra.

“A mí me da mucha vergüenza cuando los turistas me preguntan por qué hay tanta basura en las calles”, comentó. Luego añadió algo que merecería figurar en cualquier debate nacional: “Eso es falta de educación”.

Su razonamiento era sencillo, pero contundente. Señalaba cómo los espacios públicos son limpiados y, pocas horas después, vuelven a llenarse de desperdicios. No atribuía el problema únicamente a las autoridades ni a la insuficiencia de servicios. Apuntaba, más bien, a una cultura ciudadana débil, a la ausencia de conciencia colectiva y al hábito de transferir toda responsabilidad al Estado.

Minutos después, ya en la celebración eucarística, escuché una reflexión que conectó de manera sorprendente con aquella conversación. Durante su homilía, monseñor Carlos Tomás Morel Diplán subrayó la necesidad de que la educación sea asumida como uno de los principales desafíos nacionales.

No se refería exclusivamente a las aulas, los contenidos curriculares o la formación académica. Hablaba de una educación integral, capaz de moldear valores, desarrollar conciencia social, forjar ciudadanía y fortalecer el sentido de responsabilidad hacia los demás.

En el contexto del aniversario del INFOTEP, el viernes 16 de octubre, aquella reflexión adquiría una dimensión especial, porque durante 46 años, la institución ha contribuido a la capacitación técnica y profesional de miles de dominicanos, facilitando oportunidades de empleo, emprendimiento y movilidad social.

Sin embargo, la formación para el trabajo encuentra su máxima expresión cuando va acompañada de una formación humana que enseñe a respetar el entorno, valorar el bien común y comprender que el progreso colectivo depende de conductas individuales responsables.

Todo eso es importante, pero ninguna transformación será plenamente sostenible si no se fortalece la educación como herramienta para formar ciudadanos conscientes de sus deberes y comprometidos con su comunidad.

La basura en las calles, la indiferencia ante los espacios públicos, la debilidad de la convivencia y muchas otras expresiones del deterioro social suelen ser síntomas de una misma carencia. No se trata solamente de conocimientos. Se trata de educación en su sentido más profundo.

Aquel día, sin conocerse jamás, los dos Carlos describieron el mismo problema desde lugares distintos. Uno lo observó desde las calles que recorre diariamente; el otro, desde la reflexión pastoral sobre el destino de la nación.

La basura abandonada en una acera, el irrespeto a las normas más elementales y la indiferencia frente al espacio común son pequeñas acciones que terminan revelando grandes carencias.

Quizás por eso el desafío educativo de República Dominicana no consiste solamente en formar mejores profesionales, sino mejores ciudadanos. Y esa sigue siendo la reforma más urgente, la más difícil y, probablemente, la más decisiva para nuestro futuro.

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