NACIONALES
La enseñanza de las lagrimas y el silencio
Por Rafael Santos
En mi vida, desde que tengo uso de razón y hasta no hace mucho, siempre vi las lágrimas como sinónimo de tristeza, desaliento, depresión y en muy pocas ocasiones de alegría.
Con ellas (las lágrimas) he sabido en muchas ocasiones, darle el verdadero sentido a la vida, pues, las mismas, cómplices o no, me han llevado al camino de la reflexión y la meditación de lo que me rodea o no.
Han sido las lágrimas mis amigas más importantes de aquellos momentos en los cuales he sentido las traiciones de muchos de los que al calor de las conveniencias me han llamado amigo o hermano, de las frustraciones de lo que he querido y no he alcanzado, de lo que me han humillado y han tratado y trabajado para destruirme sin haber logrado más que el polvo de una derrota anticipada por mis fuertes convicciones en un Dios de Poder y de Justicia.
Esas lágrimas a la que el machista llama debilidad pero que el pensante la denomina la fortaleza más gigante de toda las interioridades humanas, también han sido en ocasiones, el cultivo perfecto para arrancar una tibia alegría cuando nos hemos sentido felices por algún logro o satisfacción personal.
Por eso, amo las lágrimas porque con ella me he encontrado conmigo mismo, para así, en medio del ruidoso silencio que se torna torturador cuando nos sabemos usar la sabiduría en medio de la nada poblada por tantas cosas, les arrancamos a ellas, un pedazo de nosotros mismos para con nuestros interiores pasos, llegar a pisar tierra cuando el orgullo, la tristeza, o la falta de conciencia y amor hacia nosotros mismos o los demás, nos desliza sin pena al lugar que nos hace reaccionar para levantar nuestras miradas y comenzar de nuevo.