OPINIÓN

La verdad después del disparo

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Por Smaily Yamel Rodríguez

Es actual Procuradora Fiscal Titular de la provincia Duarte, Abogada Litigante, Investigadora Criminal, Funcionaria de carrera del Ministerio Público, Gestora Pública.

Hay expresiones que, de tanto repetirse, parecen explicar por sí solas hechos complejos. «Intercambio de disparos» es una de ellas. Aparece en los titulares cuando una intervención de las autoridades termina con personas heridas o fallecidas. Sin embargo, detrás de esas palabras hay preguntas que una sociedad comprometida con la seguridad y la justicia no puede dejar sin respuesta.

La fuerza pública cumple una función indispensable. Sus agentes pueden enfrentar situaciones de peligro real, tomar decisiones en segundos y arriesgar su propia vida para proteger a otras personas. El ordenamiento jurídico reconoce esa realidad. Pero el poder de usar la fuerza está sujeto a límites: debe responder a una necesidad concreta y guardar proporción con el peligro que se enfrenta.

Esos límites no debilitan la autoridad. Le dan legitimidad. La Constitución protege la vida, la dignidad y la integridad de todas las personas, incluso de quienes son investigados por delitos graves o se resisten a una intervención. A la vez, protege la vida de los agentes y de los ciudadanos que podrían ser víctimas de una agresión. El reto consiste en examinar cada actuación a la luz de las circunstancias reales, sin conclusiones anticipadas en ningún sentido.

Por eso, cuando una intervención termina en muerte, importa conocer la secuencia completa. ¿Qué información tenían los agentes antes de llegar? ¿Qué sucedió al establecer contacto? ¿Existió una amenaza inmediata? ¿Qué alternativas estaban disponibles en ese momento? ¿Cuándo comenzaron y terminaron los disparos? Una respuesta fundada requiere testimonios, imágenes, examen de la escena y pericias que permitan contrastar las distintas versiones.

El resultado de una intervención, por sí solo, no demuestra que la fuerza empleada haya sido ilegítima. Tampoco la afirmación de que hubo una agresión demuestra que toda la fuerza utilizada estuviera justificada. Ambas cuestiones exigen una investigación capaz de reconstruir los hechos y valorar las decisiones tomadas en el momento en que ocurrieron.

También el lenguaje público merece cuidado. Una versión inicial puede orientar las primeras diligencias, pero no sustituye sus resultados. Presentar como definitivamente establecido lo que todavía se investiga puede afectar a las familias, alimentar sospechas sobre los agentes y erosionar la confianza ciudadana. Informar con precisión significa reconocer lo que se sabe, distinguirlo de lo que se afirma y dejar abiertas las preguntas que la evidencia aún no responde.

La seguridad que necesita la población incluye una policía preparada para intervenir con firmeza ante una amenaza y unas instituciones capaces de examinar con rigor las consecuencias de esa intervención. Investigar cada muerte permite establecer responsabilidades cuando corresponda, despejar dudas cuando la actuación fue legítima y aprender de los hechos para prevenir nuevas pérdidas.

Después de un disparo, el deber del Estado no termina con recuperar el orden. Continúa con la búsqueda de la verdad. En esa búsqueda se encuentran el respeto a las garantías constitucionales, la protección de quienes nos protegen y la confianza que hace posible una seguridad duradera.

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