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CULTURA

Ñico Lora: Cuando el acordeón hablaba por el pueblo

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Por Bienvenido Flores

Hay silencios que pesan más que mil palabras. Y hay nombres que deberían resonar en plazas, aulas y teatros, pero que el tiempo —ese juez tan distraído— va empolvando con su descuido. Uno de esos nombres es el de Francisco “Ñico” Lora: padre del merengue típico dominicano, cronista sonoro de un pueblo que aprendió a resistir bailando.

Nacido en 1880, en Los Candelones de Navarrete, Ñico no necesitó conservatorios para hacer historia. Su escuela fue la tierra mojada del Cibao, el rumor del río, el alboroto de los cafetales, el bullicio de los mercados. De su acordeón brotaban historias contadas con ritmo: amores imposibles, caudillos de guerra, duelos de machete, milagros de santos, ironías del destino. Tocaba merengues, sí, pero también polkas, mazurcas y hasta el fox-trot que trajeron los marines durante la ocupación militar. Su talento no conocía fronteras, ni su alma entendía de etiquetas.

Improvisador por excelencia, afirman que compuso “miles” de piezas —y nadie se atreve a dudarlo— porque donde había un acordeón, Ñico tenía algo que decir. Y lo decía con una mezcla exacta de picardía, lamento, humor y sabiduría campesina. Fue un revolucionario anónimo del perico ripiao, capaz de darle voz a una nación sin micrófonos ni grabadoras. Hoy, muchas de sus melodías sobreviven como himnos sin autor, parte del alma colectiva de la patria.

Sin embargo, su final fue el que no merece ningún gigante: empobrecido, casi olvidado, sin monumentos ni homenajes en vida. Como suele ocurrir en nuestra historia cultural, el brillo del escenario llega tarde, o nunca. Y es precisamente ese olvido lo que debe dolernos, y lo que debe empujarnos a hacer memoria. Porque un país que no honra a sus artistas fundacionales está condenado a repetir la amnesia, generación tras generación.

Hoy, mientras la Casa de la Cultura de Navarrete y el Centro León se unen para rescatar su memoria con un merecido Memorial Ñico Lora, cabe preguntarse: ¿cuántos más como él hemos dejado marchar sin decir gracias? ¿Cuántos músicos, poetas, narradores de pueblo han muerto entre la pobreza y la indiferencia?

A ti, joven dominicano, que sueñas con cantar, componer, tocar, transformar. Mira hacia atrás. Escucha con respeto ese acordeón antiguo que aún se cuela entre los plátanos y las cañas del Cibao. Ese sonido no es cualquier cosa: es la raíz que te sostiene.

Ñico no está muerto. Está en cada güira que rasga la noche, en cada tambora que hace vibrar el pecho, en cada acordeón que le arranca al silencio una historia.

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