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NACIONALES

Pedro Mir: Conoce más de la vida y aportes del poeta

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Pedro Mir (Fuente externa)

Pedro Julio Mir Valentín fue un escritor y abogado dominicano, declarado Poeta Nacional por el Congreso en 1984.

Nació en San Pedro de Macorís el 3 de junio de 1913. En 1941 se graduó de doctor en derecho en la Universidad de Santo Domingo.

En 1947 partió a Cuba por presión de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo.

En 1949 en Cuba, ve la luz su poema “Hay un país en el mundo”. En 1952 publicó en Guatemala el “Contracanto a Walt Whitman”.

Regresó al país luego de la muerte de Trujillo, y en 1968 fue nombrado profesor de estética de la UASD.

Recibió los premios Nacional de Historia, en 1974; Anual de Poesía, en 1975 y Nacional de Literatura, en 1993.

Dentro de su obra poética destacan además “Amén de mariposas”, “El gran incendio”. Además publicó los libros “Apertura a la estética”, “¡Buen viaje, Pancho Valentín!”.

Murió a los 87 años, en Santo Domingo, el 11 de julio del 2000.

“Hay un país en el mundo”

Hay un país en el mundo colocado

en el mismo trayecto del sol,

Oriundo de anoche,

Colocado en un inverosímil archipiélago

de azúcar y de alcohol.

Sencillamente liviano, como una ala de murciélago apoyado en la brisa.

Sencillamente claro, como el rastro del beso en las solteras antiguas.

o el día en los tejados.

Sencillamente frutal, fluvial. Y material. Y sin embargo

sencillamente tórrido y pateado

como una adolescente en las caderas.

Sencillamente triste y oprimido.

Sinceramente agreste y despoblado.

En verdad.

Con dos millones suma de a vida y entre tanto cuatro cordilleras cardinales

y una inmensa bahía y otra inmensa bahía, tres penínsulas con islas adyacentes y un asombro de ríos verticales

y tierra bajo los árboles y tierra bajo los ríos y en la falda del monte y al pie de la colina y detrás del horizonte

y tierra desde el cantío de los gallos

y tierra bajo el galope de los caballos

y tierra sobre el día, bajo el mapa, alrededor

y debajo de todas las huellas y en medio el amor.

Entonces es lo que he declarado.

Hay un país en el mundo

sencillamente agreste y despoblado.

Algún amor creerá

que en este fluvial país en que la tierra brota,

y se derrama y cruje como una vena rota,

donde el día tiene su triunfo verdadero,

irán los campesinos con asombro y apero

a cultivar, cantando su franja propietaria.

Este amor

quebrará su inocencia solitaria.

Pero no.

Y creerá que en medio de esta tierra recrecida,

donde quiera, donde ruedan montañas por los valles

como frescas monedas azules, donde duerme

un bosque en cada flor y en cada flor de la vida,

irán los campesinos por la loma dormida

a gozar forcejeando con su propia cosecha.

Este amor

doblará su luminosa flecha.

Pero no.

Y creerá

que donde el viento asalta el íntimo terrón

y lo convierte en tropas de cumbres y praderas,
donde cada colina parece un corazón,
en cada campesino irán las primaveras
cantando entre los surcos su propiedad.
Este amor
alcanzará su floreciente edad.
Pero no.
Hay un país en el mundo
donde un campesino breve, seco y agrio
muere y muerde descalzo su polvo derruido,
y la tierra no alcanza para su bronca muerte.
¡Oídlo bien! No alcanza para quedar dormido.
Es un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,
triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije
sencillamente triste y oprimido.
No es eso solamente.
Faltan hombres
para tanta tierra. Es decir, faltan hombres
que desnuden la virgen cordillera y la hagan madre
después de unas canciones.
Madre de la hortaliza.
Madre del pan. Madre del lienzo y del techo.
Madre solícita y nocturna junto al lecho…
Faltan hombres que arrodillen los árboles y entonces
los alcen contra el sol y la distancia.
Contra las leyes de la gravedad.
Y les saquen reposo, rebeldía y claridad.
Y hombres que se acuesten con la arcilla
y la dejen parida de paredes.
Y hombres que descifren los dioses de los ríos
y los suban temblando entre las redes.
Y hombres en la costa y en los fríos desfiladeros
y en toda desolación.
Es decir, faltan hombres.
Y falta una canción.
Miro un brusco tropel de raíles
son del ingenio
sus soportes de verde aborigen
son del ingenio
y las mansas montañas de origen
son del ingenio
y la caña y la yerba y el mimbre
son del ingenio
y los muelles y el agua y el liquen
son del ingenio
y el camino y sus dos cicatrices
son del ingenio
y los pueblos pequeños y vírgenes
son del ingenio

y los brazos del hombre más simple

son del ingenio

y sus venas de joven calibre

son del ingenio

y los guardias con voz de fusiles

son del ingenio

y las manchas del plomo en las ingles

son del ingenio

y la furia y el odio sin límites

son del ingenio

y las leyes calladas y tristes

son del ingenio

y las culpas que no se redimen

son del ingenio

vente veces lo digo y lo dije

son del ingenio

«nuestros campos de gloria repiten»

son del ingenio

en la sombra del ancla persisten

son del ingenio

aunque arroje la carga del crimen

lejos del puerto

con la sangre y el sudor y el salitre

son del ingenio.

Plumón de nido nivel de luna

salud del oro guitarra abierta

final de viaje donde una isla

los campesinos no tienen tierra.

Decid al viento los apellidos

de los ladrones y las cavernas

y abrid los ojos donde un desastre

los campesinos no tienen tierra.

El aire brusco de un breve puño

que se detiene junto a una piedra

abre una herida donde unos ojos

los campesinos no tienen tierra.

Los que la roban no tienen ángeles

no tienen órbita entre las piernas

no tienen sexo donde una patria

los campesinos no tienen tierra.

No tienen paz entre las pestañas

no tienen tierra no tienen tierra.

País inverosímil.

Donde la tierra brota

y se derrama y cruje como una vena rota,

donde alcanza la estatura del vértigo,

donde las aves nadan o vuelan pero en el medio

no hay más que tierra:

los campesinos no tienen tierra.

Y entonces

¿De dónde ha salido esta canción?

¿Cómo es posible?

¿Quién dice que entre la fina salud del oro

Los campesinos no tienen tierra?

Esas es otra canción. Escuchad

la canción deliciosa de los ingenios de azúcar

y de alcohol.

Procedente del fondo de la noche

vengo a hablar de un país.

Precisamente

pobre de población.

Pero no es eso solamente.

Natural de la noche soy producto de un viaje.

Dadme tiempo coraje para hacer la canción.

Y éste es el resultado.

El día luminoso

regresando a través de los cristales

del azúcar, primero se encuentra al labrador.

En seguida al leñero y al picador de caña

rodeado de sus hijos llenando la carreta.

Y al niño del guarapo y después al anciano sereno

con el reloj, que lo mira con su muerte secreta,

y a la joven temprana cosiéndose los párpados

en el saco cien mil y al rastro del salario

perdido entre las hojas del listero. Y al perfil

sudoroso de los cargadores envueltos en su capa

de músculos morenos. Y al albañil celeste

colocando en el cielo el último ladrillo

de la chimenea. Y al carpintero gris

clavando el ataúd para la urgentemente,

cuando suena el silbato, blanco y definitivo, que el reposo contiene.

El día luminoso despierta en las espaldas de repente, corre entre los raíles,

sube por las grúas, cae en los almacenes.

En los patios, al pié de una lavandera,

mojada en las canciones, cruje y rejuvenece.

En las calles se queja en el pregón. Apenas

su pié despunta desgarra los pesebres.

Recorre las ciudades llenas de los abogados

que no son más que placas y silencio, a los poetas

que no son más que nieblas y silencio y a los jueces

silenciosos. Sube, salta, delira en las esquinas

y el día luminoso se resuelve en un dólar inminente.

¡Un dólar! He aquí el resultado. Un borbotón de sangre.

Silenciosa, terminante. Sangre herida en el viento.

Sangre en el efectivo producto de amargura.

Este es un país que no merece el nombre de país.

Sino de tumba, féretro, hueco o sepultura.

Es cierto que lo beso y que me besa

y que su beso no sabe más que a sangre.

Que día vendrá, oculto en la esperanza,

con su canasta llena de iras implacables

y rostros contraídos y puños y puñales.

Pero tened cuidado. No es justo que el castigo

caiga sobre todos. Busquemos los culpables.

Y entonces caiga el peso infinito de los pueblos

sobre los hombros de los culpables.

Y esa es mi última palabra.

Quiero oírla. Quiero verla en cada puerta

de religión, donde una mano abierta

solicita un milagro del estero.

Quiero ver su amargura necesaria

donde el hombre y la res y el surco duermen

y adelgazan los sueños en el germen

de quietud que eterniza la plegaria.

Donde un ángel respira.

Donde arde una súplica pálida y secreta

y siguiendo el carril de la carreta

un boyero se extingue con la tarde.

Después no quiero más que paz.

Un nido de constructiva paz en cada palma.

Y quizás a propósito del alma

el enjambre de besos y el olvido.

F

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